5.6.19

Quiero aprender, de Adela Jiménez Madrid

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Hay escuelas tristes. Los niños entran muy pequeños en ellas queriendo pintar o cantar, soñando con ser astronautas o arquitectos, ametrallando a sus mayores con preguntas sobre el funcionamiento de las cosas o los porqués de la vida. Pero pronto algo cambia y en pocos años se desmotivan y pierden la chispa; ya solo quieren jugar al fútbol y salir al paso, nada les interesa; no desean aprender más. Seguramente sucedió que encontraron unos profesores sin vocación que no quisieron potenciar sus espíritus aventureros y ayudarles a encontrar su propio camino. Porque para los malos docentes es más fácil burocratizar la educación, y lidiar sólo con números y no con mentes intranquilas.

Quiero aprender (Ópera prima, 2019) parece un libro escrito contra este fenómeno. Es la tercera obra de Adela Jiménez Madrid, tras las anteriores Ciudadanos de primera y La suerte de aprender.
La autora es una Catedrática de Física y Química en institutos de secundaria que atesora nueve décadas de existencia, la mayor parte de ellas dedicada al aprendizaje y a la enseñanza. En este libro revisita todas las etapas de su propia vida. Empieza con su primera infancia antes de la Guerra Civil, el nacimiento de su fascinación por el conocimiento, sus periplos familiares por distintas ciudades y hasta una estancia en África. Más adelante vienen sus años en Barcelona como una jovencísima profesora. Le sigue su madurez como docente en Madrid, con cientos de alumnos pasando por su vida, y sin duda ella transformando las de ellos.
Y siempre, en cada página, transpira el amor por la pedagogía y la pétrea convicción de que la educación lo es todo y la humanidad tiene un horizonte de libertad gracias ella.

El libro está muy bien escrito; tiene un prosa ágil y clara. Desde luego son noventa años de gran lucidez en una mujer que se nota que lo ha leído todo.
Hay una parte en la que describe el surgimiento de su compromiso cristiano con la sociedad. Cuenta sus relaciones con grupos católicos en los años cincuenta; su crecimiento intelectual, a veces conflictivo, dentro de ellos. Leído hoy resulta de un gran interés, ya que se tiende a minusvalorar eso que podríamos llamar el existencialismo católico español, como si hubiera sido carente de relevancia, cuando la realidad es que sacó lo mejor dentro de lo posible de aquellas generaciones de jóvenes de la postguerra.
Sin abandonar la fe, pero insertándose de distinta manera en su tiempo, también hay un capítulo dedicado al Instituto de Potencial Humano de Madrid, que era la rama española de la Programación Neuro Lingüística (PNL) creada en California por Richard Bandler y John Grinder. Por lo que la cuenta la autora, su implicación en este proyecto tuvo una gran importancia en su trayectoria, pero este episodio lo trata muy por encima y  lastimosamente nos quedamos sin saber más de esta corriente que por lo que parece actualmente está un poco decaída.

Otro de los pilares que vertebran el libro es el tema de lo que ella llama generación silenciosa”. Son los españoles que hoy tienen más de setenta años, los que ya han visto a muchos de los suyos irse y ellos mismos se están marchando -“nos estamos marchando”, anuncia Adela Jiménez Madrid-, perdiéndose así todo el bagaje de experiencias de una generación de hombres y mujeres a los que les cambiaron el mundo varias veces y varias veces se adaptaron sin grandilocuencias ni reclamos.
Además esta generación configura una categoría sociológica nueva originada por las innovaciones médicas. Son personas de edad avanzada que tienen la cabeza en perfecto funcionamiento; cuerpos de ochenta con intelectos de treinta. La autora nos dice que la sociedad no está preparada para incorporarlos, pero tendrá que aprender a hacerlo. Hay una nueva clase de jubilados a los que les queda todavía  demasiado entusiasmo y conocimiento como para aparcarlos en un geriátrico de Torremolinos.

Quiero aprender es en suma un libro fructífero que cierra una biografía pero abre nuevos caminos de reflexión. 

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